24 mayo, 2022

Por Nicolás Torres Ressa

En esta pequeña reflexión quiero hablar acerca del concepto de “inseguridad”. Soy consciente de
que al referirme a la inseguridad como un concepto estoy incursionando en un terreno que
muchísimos periodistas buscan eludir, sea por los motivos que fuere.  “Concepto de inseguridad”: en
esas aparentemente inocentes dos palabras unidas por una preposición se esconde una bomba. Y con
la detonación lo que puede volar en mil pedazos es la política argentina tal y como la conocemos.

O más bien su matriz conceptual. Nuevamente estoy hablando de conceptos y eso no es casual. No
estaría exagerando si le dijera, querido lector, que mi intención es introducirlo en todo un mundo de
debates y reflexiones cuyo acceso le está vedado por los grandes medios, constructores de “sentido
común”.

Yo no vengo del palo del Periodismo sino de la Filosofía. No voy a meterme en sutilezas ni
en discusiones presentes en el seno del periodismo (como por ejemplo, “aguja hipodérmica sí –
aguja hipodérmica no”) pues esas discusiones exceden por mucho mis conocimientos y mi campo
de especialización. Pero estoy seguro que desde la Filosofía puedo aportar muchos elementos para
pensar el rol del periodismo y su tan discutida “influencia” en la sociedad.  Como veremos poco más
adelante, “influencia” es un término bastante vago y nebuloso que dice muchísimo menos que lo
que no dice.

La palabra “influencia” se dice de muchas maneras y es moneda corriente encontrar en
los programas televisivos periodísticos un uso banal y falaz de la misma. Pero no nos adelantemos.
En esta incursión filosófica sobre el concepto de “inseguridad” la primera parada obligatoria es
Immanuel Kant, el filósofo de Königsberg del siglo XVIII. No podemos hablar de conceptos sin
hablar de Kant.
Somos muy deudores de Kant, a veces más de lo que nos gustaría admitir. Seguramente muchos
hemos escuchado alguna vez la frase “nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal
con que se mira”. Esta sentencia no es de Kant sino del poeta y filósofo español Ramón de
Campoamor, quien vivió poco menos de un siglo después. Sin embargo podemos encontrar en ella
ciertos ecos kantianos.

A Kant le debemos la concepción de que nosotros, los seres humanos, no
conocemos la realidad “tal cual es” sino condicionados y limitados por nuestra estructura cognitiva.
Esta concepción se encuentra actualmente extendida de modo masivo y aceptada sin demasiada
reflexión previa. Sin embargo, lejos de parecer una trivialidad o una verdad de perogrullo, en el
siglo XVII causó un gran revuelo.

No por nada se lo conoce como “giro copernicano de la
filosofía”: así como Copérnico descentralizó a la Tierra del cósmos, Kant descentralizó al hombre.
El hombre no es un ente privilegiado con la capacidad de acceder a la Verdad de la Naturaleza en sí
misma, se desprenderá del pensamiento del filósofo de Königsberg. Nosotros conocemos de un
determinado modo y ese modo de conocimiento es inescindible de nuestro ser. La razón humana
juzga, lo cual quiere decir que realiza juicios acerca de las cosas, valga la redundancia. Para hacer
juicios es imprescindible utilizar conceptos. Un juicio es, en definitiva, un encadenamiento de
conceptos. Para producir conceptos la razón hace uso de sus dos facultades fundamentales: la
sensibilidad y el entendimiento. Todo aquello que podamos conocer debe estar basado en una
percepción sensible. Nuestra sensibilidad capta los objetos con dos “moldes” : el espacio y el
tiempo. No percibimos ni el tiempo ni el espacio pero obligatoriamente todo aquello que
percibamos debemos percibirlo en determinadas coordenadas espaciales y en una determinada
sucesión temporal. Kant llama al espacio y al tiempo “formas puras de la sensibilidad”. El material
de nuestra percepción es “procesado” por el entendimiento, que aplica sus propios “moldes”: las
llamadas “categorías”. No voy a hacer una enumeración exhaustiva de las categorías kantianas
porque nos desviaría bastante de nuestro recorrido. Me conformo con detenerme en dos: la
sustancialidad y la relación causa-efecto. Cuando hablo de “sustancia” no se debe pensar en las
connotaciones que ese término posee para la ciencia actual. “Sustancia” viene del latín “sub-stare” y
significa “lo que yace por debajo”. Una sustancia es, en primera instancia, algo que es, por más
redundante que parezca. Y es aquello en lo cual inhieren todas las cualidades. Debajo de las
cualidades y demás propiedades accesorias, se encuentra lo que realmente es y permanece a pesar

de todos los cambios. De la relación “causa-efecto” lo único que diré es que es una relación
necesaria donde un hecho siempre da lugar a otro. Pasando en limpio todo: para Kant., es imposible
pensar sin pensar en algo que es y sin pensar en términos de relaciones causa-efecto. La
sustancialidad y la causalidad son una parte constitutiva de nuestro aparato categorial en base al
cual elaboramos conceptos acerca de la realidad.
Ahora debemos irnos a los albores del siglo XX para encontrarnos con otro pensador al que también
se le atribuye un “giro” tan importante como el “giro copernicano” kantiano. Su nombre es Ludwig
Wittgenstein. Si Kant se ocupó de descentralizar a la razón humana, Wittgenstein hará lo suyo con
el lenguaje. La filosofía tradicional ha considerado que el lenguaje posee una función meramente
descriptiva de la realidad. Wittgenstein irá a contrapelo: el lenguaje instituye realidad, la funda. La
realidad es un “juego del lenguaje”. Este es el “giro lingüistico” de la Filosofía. Que yo diga “silla”,
señale una silla y todos entendamos que me estoy refiriendo al objeto-silla no significa que la
relación entre la palabra “silla” y la silla sea natural y necesaria. Esto no significa únicamente que
las palabras sean convencionales y que podríamos llamar a la silla de otro modo. Wittgenstein va
más allá aún. No basta con señalar la silla y decir “silla”. Antes, debemos ponernos de acuerdo en
que la palabra que voy a emplear voy a emplearla para designar un objeto y no un color, una virtud,
un defecto, etc. Ese “ponerse de acuerdo” es comparado por Wittgenstein con las reglas de un
juego. Y, como en todo juego, no hay otra forma de aprender a jugar que jugando. Leer un
diccionario no me va a ayudar a aprender a hablar y a relacionarme con los demás. La adquisición
del lenguaje posee, entonces, una dimensión social y relacional y no se agota en un hecho individual
que acaece en la psiquis de cada persona. No elegimos el juego en el que estamos metidos ni
tampoco podemos salirnos por fuera de él. Lo único que nos cabe hacer es modificarlo desde
dentro. Somos jugadores y no podemos sino jugar.
Podemos mencionar brevemente a Michel Foucault, quien desarrollará estas ideas de matriz
wittgensteiniana y hablará de “discursividades” y de “sujetos sujetados”. “Sujeto” es el término
técnico con el cual la modernidad ha designado al hombre. El sujeto ha sido considerado por la
modernidad como un sujeto que se autoconstituye, un átomo independiente de la sociedad. Este
sujeto es la base del sistema capitalista. Foucault nos dirá que la autonomía de ese sujeto no es tal
sino que se encuentra “sujetado” a una discursividad, a un modo de ver el mundo, a un marco
conceptual que lo excede y que al mismo tiempo es un factor constituyente. Somos quienes somos
por ser sujetos sujetados. En la última parada de nuestro periplo podemos mencionar a un
autóctono, al argentino Enrique Dussel, quien hablará de “relación óntica”, “relación ontológica” y
“relación “trans-ontológica”, haciendo uso de nociones de cuño heideggeriano. La relación óntica o
existencial es aquella relación en la que nos encontramos inmersos cuando vivimos nuestra vida
cotidiana, cuando jugamos el juego del lenguaje que jugamos habitualmente. La relación ontológica
consiste en indagar y preguntarnos a nosotros mismos por qué somos como somos. Es decir, lo que
han hecho Kant, Wittgenstein y Foucault, que no han dado por “natural” aquello que somos y han
pretendido rastrear el origen de nuestro modo de ver la realidad y, en definitiva, nuestro modo “de
ser”. La relación trans-ontológica es más compleja aún. Consiste en “salir al encuentro” del “otro”.
¿Quién es ese “otro”? El “otro” de nuestra forma de ver la vida, el “otro” de nuestra matriz
conceptual, el “otro” que escapa a todas nuestras maneras de delimitarlo, ese “otro” al que no
podemos conocer. Lo podemos pensar como un “otro” cultural pero también podemos hablar de
otredad en el interior de nuestra propia cultura. Se llama “trans-ontológica” porque ese “salir al
encuentro” no consiste en “comprender” al otro (del latín “prendere”, que significa atrapar:
apresarlo en nuestros propios marcos) sino “jugarse por él” a pesar de que no lo comprendamos.
Ahora apliquemos todo lo que hemos señalado a la “inseguridad”. “Inseguridad” es, como hemos
adelantado, un concepto empleado casi por la generalidad de los comunicadores sociales. Siguiendo
a Kant, ese concepto debe ser producto de una aprehensión sensible atravesada por las categorías
del entendimiento. ¿Cuál es el material sensible y cuáles son las categorías? Lo que se percibe son
delitos: “X asaltó/robó/mató a Y”. ¿Cuáles son las categorías? Podríamos pensar, en principio, en
“chorro” y “ciudadano decente”. Así, tenemos: “Un chorro robó a un ciudadano decente”. A la lista
de categorías podemos agregar “mano dura”, “garantismo”, “vagos”, “negros” y un extenso etcétera. Pero acá debemos hacer una salvedad: Kant habla del proceso cognitivo de cada ser
humano. Habla de un ser humano que percibe y que produce conceptos. Las categorías son, para
Kant, la misma en todos los seres humanos habidos y por haber. Podemos quitarle a Kant ese matiz
esencialista y quedarnos con la idea de una base a partir de la cual vemos la realidad. Ese marco
podemos pensarlo como un juego del lenguaje. Los medios de comunicación reproducen un juego
del lenguaje que instituye realidad y “sentido común”. Esta es la famosa “influencia” de los
medios. Y eso es lo que, por sí sola, la palabra “influencia” no nos dice. No yerran los periodistas
más mediáticos al señalar que los medios no le dicen a la sociedad “qué” pensar . Pero con esa
observación (verificable empíricamente) no queda saldada la cuestión de la influencia. La influencia
no es una mera transmisión de contenidos sino la reproducción de un marco categorial o un juego
del lenguaje. Aquí nos podría salir al encuentro Marx, quien nos señalaría enfáticamente que ese
juego del lenguaje no es incidental sino que es el de las clases dominantes. Pasando en limpio: si
nosotros pensamos el delito en términos de “chorros”, “vagos” y vemos la “mano dura” (léase:
incremento de efectivos militares y policiales en las calles y cárcel para menores) como una
solución posible, es porque estamos operando en base a una determinada estructura mental en la
cual hemos sido formados. Quiero resaltar, ya para finalizar, que esa estructura supone una escisión
fundacional: un “nosotros” y un “ellos”, un “nosotros” y un “los otros”. ¿Quiénes son los que se
sienten inseguros? El “nosotros” de la gente “decente” o, a secas, “la gente”, sentenciarán medios
masivos, gran parte de la sociedad y gran parte de la política. Los “otros” son lo deleznable, lo
irracional, la “barbarie”, lo animalizado, lo que se sustrae a nuestros marcos conceptuales. Como
diría el filósofo italiano Giorgio Agamben, es el pueblo con minúsculas, al que nunca se le
reconoció ese apelativo y al que siempre se lo invisibilizó y se lo cubrió bajo un manto de
incomprensión. Justamente, a ese “otro” no lo podemos incorporar en nuestro modo de vivir o, si se
quiere, lo incorporamos como lo in-incorporable y como el polo en donde termina nuestra
civilización.
Tal vez el concepto de “inseguridad” puede servirnos como una ocasión para sacar a la luz los pre-
conceptos y pre-juicios que orientan nuestra forma de ver la realidad. Y entender que esos pre-
conceptos tienen un origen que nos excede y que podemos inclusive historizar, tal vez nos sirva
como una “sacudida” o un “empujón” para despertar de nuestro sopor y encontrarnos con esos
“otros” que piden a gritos que los reconozcamos.

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